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LO ETICO Y LO ESTETICO EN ABBAS KIAROSTAMI

 

 

“El cine es la historia de la distancia entre el ser real y el ser ideal”,

Abbas Kiarostami.

 

 

 

La consagración de Kiarostami y el “neorrealismo iraní” (subt.)

 

Desde que la prensa cinematográfica difundiera la consagración internacional de Abbas Kiarostami en el festival de Locarno de 1989, su cine ha sido insistentemente asociado del neorrealismo italiano; algunos tratando de ver más lejos aún, creyeron descubrir la existencia de un neorrealismo iraní a partir de la exhibición en occidente de otros títulos de ese origen que compartían ciertas características. Bastaría analizar el transcurrir de la propia trayectoria de Kiarostami dentro del contexto del cine iraní contemporáneo y la difusión de otros títulos de su filmografía (por cierto extensa en el tiempo pero no precisamente vasta –sólo 10 largometrajes en casi 30 años–, para desvirtuar lo que quiso ser un elogio y se convirtió en una afirmación de escasa veracidad y dudosa justicia para con uno de los pocos maestros que ha dado el cine en el último cuarto de siglo.

 

 

“¿Dónde queda la casa de mi amigo?”, o cómo eludir el melodrama cuando el argumento lo propicia

 

Con ¿Dónde queda la casa de mi amigo? comienza la carrera internacional de Kiarostami, carrera que se coronaría, en cierta forma, con la obtención de la Palma de oro en Cannes ’97 por el Sabor de la cereza.

La anécdota argumental, mínima como siempre en el cine del iraní, está marcada por la pequeña odisea vivida por un niño (Ahmed) al intentar, recorriendo los ignotos caminos de un pueblo vecino al suyo, Retornarle el cuaderno de tareas escolares a su compañero de banco.

Lo que en el cine neorrealista hubiera sido materia para un melodrama con epicentro en el protagonista, Kiarostami lo conduce por los carriles de la sutileza al testimoniar utilizando, como es su costumbre, a gente común en su lugar de origen como actores que van dando forma a un relato coral que se compone de numerosas voces de adultos cuya lógica chocará constantemente contra la urgente verdad del niño, y cuyas respuestas a menudo no sólo no resolverán sus inquietudes sino que, por el contrario, le agregarán más interrogantes.

Así desfilan por los escenarios (naturales) que recorre Ahmed una madre abocada al cuidado de su hijo más pequeño, un padre que sólo aparece (en el final de la historia) interesado en captar una onda de radio, un maestro que insiste en el cumplimiento de los deberes escolares o ancianos que discuten sobre la falta de educación de las nuevas generaciones. Con este lúcido mosaico Kiarostami refleja, en un trabajo encargado por una dependencia estatal –el Instituto para el Desarrollo Intelectual de Niños y Adolescentes– la incomprensión hacia el mundo de la infancia por parte de los mayores, testimoniando además el abuso en las sociedades tercermundistas que incorporan a los niños al trabajo a edad temprana.

Claro que Kiarostami es esencialmente un artista y como tal lo ilustra con el trazo fino de los creadores a lo largo de todo el metraje, pero fundamentalmente con dos secuencias ejemplares, secuencias que podrían  pasar inadvertidas si el espectador no palpita la historia al mismo pulso reflexivo que el iraní impone a sus films. Un alumno permanece de pie junto a su banco en plena clase, ante el cuestionamiento del maestro, declara un dolor en su espalda que le impide sentarse. Más adelante, cuando ante los ojos del protagonista el mismo niño cargue con esfuerzo un tarro de leche desproporcionado para su pequeña figura, la escena adquirirá una significancia especial, insospechada en su origen.

Kiarostami registra lo  antedicho enmarcándolo con un sutil acento en lo estético ya que él, egresado de Bellas Artes, no crea ese paisaje de senderos zigzagueantes sobre áridos terrenos, malvones florecidos de rojo sobre los balcones, verdes olivares, casas de adobe y ventanitas de madera que de noche dejan entrever una luminosidad especial; pero logrando una rosselliniana integración de paisaje-personajes-relato, crea sí un cine para el que el contenido social no excluye lo estrictamente artístico sino que lo realimenta.

 

“Primer plano” o cómo evitar el documental cuando la historia lo facilita

 

En Primer plano, la historia se introduce de manera urgente trasladando a la pantalla el apuro de un periodista por obtener una nota exclusiva. Un embaucador (Hossein Sabzian) va a ser detenido por haber engañado a una acomodada familia de Teherán, haciéndose pasar por el director de cine Mohsen Makhmalbaf.

Este hecho verídico, tomado de la crónica policial, es según Kiarostami el argumento que le ha permitido realizar su film más preciado, del que asegura sentirse más conforme porque “ese film se hizo solo” (1).

Claro que la modestia de los grandes no le permite hacer una adecuada valoración pública de una obra maestra que excede largamente lo que podría haber sido un simple documental y desarrolla, en cambio, una historia con un protagonista condenado de antemano por la visión del reportero (pronto será la visión de la sociedad). A este juzgamiento prematuro Kiarostami le contrapone no sólo su oficio de artista sino la convicción de que “el arte no debe juzgar, el arte debe hacer pensar” (2); para lograr su objetivo recurre a diferentes formas de registro de la realidad: entrevista personalmente al propio Sabzian, recrea las escenas fundamentales del engaño con los mismos protagonistas del hecho interpretándose a sí mismos, registra el juicio de manera documental (lo filma en 16 mm. para diferenciarlo del resto del film en 35mm.), aunque aclare después que dicho registro fue “verdadero pero no real” (3) y, finalmente, utiliza el recurso de la cámara oculta para entregarnos el encuentro a la salida de la cárcel (propiciado por Kiarostami) entre el verdadero Makhmalbaf y su impostor, que se quiebra en un llanto auténtico, como pocas veces ha dado el cine. A través de este desarrollo se sabe que el protagonista del hecho (del film) es un desocupado, que está separado de su mujer y que por obra del azar se topó en su miserable vida con un resquicio para salir de la chatura y la subvaloración en que está sumido; pero mucho más aún: es un apasionado por el cine que encontró, en su identificación con el director más popular de Teherán, una manera de escapismo que le permitiera conjugar sus sueños más acariciados con sus problemas cotidianos. Para acceder a esa intimidad el genio de Kiarostami ideó una serie de alteraciones temporales en el relato –pero no al uso “institucionalizado” del  flashback– que por un lado merecerían de un análisis teórico en sí mismo, y por el otro permiten acceder a la realidad de Sabzian de manera fragmentada para reconstruir así su compleja personalidad.

Una película de un contenido psicológico intenso que, a partir del paradigma de “querer ser otro” para sentirse respetado y estimado, se constituye en el paradigma de la necesidad de su director por acercarse a la verdad.

Primer plano es, en definitiva, un formidable estudio no sólo sobre las múltiples formas que puede asumir una misma realidad, sino y mucho más aún, sobre las múltiples formas en que ésta puede ser representada de acuerdo a su implícito contenido subjetivo. 

 

“La vida continúa” o cómo integrar, a partir de una tragedia, la vida, el cine, y la vida según el cine

 

Cuando Kiarostami filmó ¿Dónde queda la casa de mi amigo?, en la localidad de Koker en 1987, no había planeado que ese film sería el inicio de una trilogía. Mucho menos aún podría imaginar la tragedia que se abatiría sobre esa región cuatro años después. Con estos dos elementos Kiarostami construye, en medio de la destrucción, una película de contrastes: contiene un mensaje conmovedoramente esperanzador pese a reflejar el día después de un terremoto en el que hubieron 50.000 víctimas. Como acentuando estos contrastes recurre frecuentemente a un recurso sonoro fácilmente perceptible, en planos en donde predominan los sonidos de la naturaleza, irrumpen sonidos de sirenas, helicópteros, radios, jets; conformando, en contrapunto una especie de banda sonora de la modernidad. A menudo también intercala por secuencias sus característicos planos generales para, apoyándose en lo estrictamente visual, reflejar la pequeñez humana frente a la inmensidad del entorno natural (elocuente es el plano donde se observa a un Renault 5 detenido por las enormes grietas del camino).

En ese marco de contrastes hasta se permite cuestionar su propio arte a través de una línea de diálogo pronunciada por un anciano actor participante en el inicio de la trilogía quien, al no ser reconocido por el mismo director (que lo había envejecido para el rodaje) exclama: “¡¿Qué clase de arte es el que muestra a las personas más viejas y más feas de lo que son?, arte, por el contrario, sería aquél que pudiera rejuvenecerlas!” 

Todo esto visto a través de los ojos de un director de cine –y de su hijo menor–, que viaja al lugar –en ese pequeño auto– para saber de la suerte del grupo de personas con las que filmara la película mencionada. A partir de esta idea Kiarostami inicia un maravilloso juego especular –que se ampliará en el cierre de la trilogía– en donde por un lado integra de manera brillante a las tres películas citadas, y por el otro desarrolla una pauta iniciada con Primer plano y que se haría extensiva a sus películas posteriores incluyendo la aún no estrenada comercialmente aquí El viento nos llevará (si bien en ésta de manera mucho más abstracta): la temática del cine dentro del cine. Los mismos ojos de ese director de cine contemplarán de manera reflexiva ese entorno, lo incorporarán y lo transformarán en algunas secuencias de Detrás de los olivos, en donde en el paroxismo de su obsesión por la representación de la realidad se verá en acción simultáneamente a tres directores de cine (tres Kiarostami): uno el que observando el paisaje estará planificando su siguiente film, otro el que está filmando esa secuencia pero incluyendo al director en la escena y finalmente el auténtico Abbas Kiarostami que, detrás de la cámara, está registrando lo que el espectador ve.

También, como en otros de sus films, utiliza aquí la cuestión del viaje, del recorrido, del movimiento (circular en El sabor de la cereza, errático en ¿Dónde queda la casa de mi amigo?). Pero al emplearlo más como recurso que le permite desde sus argumentos incorporar el concepto cinemático, implícito en todo proceso fílmico, que como tema en sí mismo lo diferencia, por supuesto, de sus trabajos fotográficos publicados. Si bien para él, fotógrafo también, “la fotografía nos permite adquirir la facultad del discernimiento (...), es una vía para comprender la significación fundamental” (4), para agregar, parafraseando a Descartes, “tengo una imagen, luego existo” (5); aún cuando en definitiva dichos trabajos nazcan “no como resultado de mi amor por la fotografía, sino del amor que siento por la naturaleza” (6), trayendo a cuento nuevamente, para un director tan dependiente de la imagen, un tema fundamental en su cine: la interacción entre los personajes y el paisaje.    

 

¿Es Kiarostami un director neorrealista?, ¿existe el neorrealismo iraní?

 

El contexto mencionado en la introducción implica una activa participación del estado iraní en la producción fílmica. La revolución islámica que derrocara al Sha en 1979 comenzó a interesarse por el cine efectiva pero un poco tardíamente con la creación, en 1983, de la Fundación Cinematográfica Farabi y el relanzamiento del Festival Internacional de Cine de Teherán.

Esta producción se realiza bajo las estrictas limitaciones estatales que indican que el presupuesto no debe superar nunca los 150.000 dólares y el equipo de filmación las 8 personas. Los títulos deben sortear, antes de su estreno, numerosas etapas de censura que limita en los argumentos el tratamiento de ciertos temas (fundamentalmente políticos y religiosos). Esta situación ha provocado que muchos argumentos y situaciones del cine iraní visto en occidente últimamente se asemejaran pero sin llegar a conformar un movimiento en sí mismo. De esa producción podrían mencionarse algunos títulos de distribución local, ya sea estrenados en cine o en video: dos pertenecientes a Jafar Panahi, El espejo (una suerte de docudrama con una niña de protagonista excluyente, que juega con el tema del cine dentro del cine), El globo blanco (con la misma niña de protagonista y guión de Abbas Kiarostami), La manzana, de la debutante Samira Makhmalbaf (hija de Mohsen), un ejercicio tras los pasos de Primer plano, realizado con mucha frescura pero a la vez con mucho menos talento. El cine iraní del mismo contenido pero for export (obtendría en consecuencia la nominación como mejor película extranjera para el Oscar edición 1998) estaría representado por Niños del cielo de Majid Majidi, un buen ejemplo de los distintos caminos que pueden tomarse para representar temas similares, ya que fue producida por el mismo ente estatal que lo hiciera con ¿Dónde queda la casa de mi amigo?. Todos estos títulos en mayor o menor medida echan mano a recursos ya vistos a lo largo de la filmografía de Kiarostami. Destacable, en cambio, es tanto la trayectoria como lo que ha podido verse aquí de Mohsen Makhmalbaf, un realizador de activa militancia religiosa en el Islamismo, cuyo film El silencio es una valorable obra en la que resuenan ecos de Robert Bresson en la utilización del sonido y en sus planos detalle, junto a un tratamiento esteticista de la imagen, en la historia (nuevamente) de un niño ciego que se comunica con el mundo, fundamentalmente, a través de la música.

En principio el cine de Abbas Kiarostami comparte la simpleza argumental con todos y cada uno de los films mencionados, un poco por las limitaciones de la censura, pero fundamentalmente por propia convicción, ya que “un cine sin artificios es el que le da la fuerza al director para dominar la escena”(7); también cuenta con una sencillez extrema que no impide indagar en lo individual y en lo grupal, y que aún refiriéndose a cuestiones locales o casi étnicas se proyectan con la fuerza de sus verdades de manera universal e incontrastable. Diferenciándose del mal llamado por algunos “neorrealismo iraní”, fundamentalmente por su autoconsciencia del rol de observador de la realidad, pero no del observador pasivo sino de aquel, que como Rossellini trascendió en su momento al neorrealismo, trasciende la realidad de su entorno y, luego de absorberla, nos la ofrece de una forma tal que permita la reflexión a través del proceso fílmico. Para ello Kiarostami no desdeña la utilización de formas de lenguaje académicamente opuestas, en él armónicas, que van desde su inclaudicable prosa ascética hasta su particular poesía, ofreciéndonos así imágenes de un profundo sentido ético y estético a la vez.

 

                                                                                                                                 Fabián G. Del Pozo.

 

               

(1),(2),(3),(5),(7) “Abbas Kiarostami, verités et sognes”, declaraciones de A.K. en el documental de J.P. Limossin, 1994.

(4) Cahiers du cinèma, Nº 493, Julio/Agosto 1995.

(6) Abbas Kiarostami: Photographies, Photographs, fotografie..., Ed. Hazan, 1999.             

 

 

 

FILMOGRAFÍA

 

 

COMO DIRECTOR

 

 

CORTO Y MEDIOMETRAJES (parcial)

 

1970-Naan va kooche (El pan y el callejón)

1972-Zang-e tafrrih (El recreo)

1973-Tajrobe (La experiencia)

1975-Do rah-e baray-e yek masaleh (Dos soluciones a un problema)

         Manam mitunan (Yo también puedo)

1976-Rang-ha (Colores)

1978-Ra-e hal (Solución)

1981-Be tartib ya bedun-e tartib (Con disciplina o sin disciplina)

 

LARGOMETRAJES (completa)

 

1974-Mosafer (El viajero)

1978-Gozaresh (El informe)

1985-Avvaliha (Primer grado)

1987-Khane-ye doost ko-jast? (¿Dónde queda la casa de mi amigo?)

1989-Mashq-e shab (Deberes)

1990-Nama-ye nazdik (Primer plano)

1991-Zendegi va digar hich/Zendegi edame darad (La vida continúa)

1993-Zir-e darakhtan-e zeyton (Detrás de los olivos)

1997-Ta´ame gilas (El sabor de la cereza)

1999-Baad marra khahad bord (El viento nos llevará)

 

COMO GUIONISTA (parcial)

 

1993-Badkonak-e sefid (El globo blanco)

 

COMO PRODUCTOR Y GUIONISTA (parcial)

 

2000- Danza con los sueños (en preproducción)